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Con las vías terciarias llega el progreso

 
 
Tres empresas viales de base comunitaria creadas para mejorar las vías terciarias en los municipios de Briceño, Cáceres (Antioquia) y Valencia (Córdoba), se proyectan como una iniciativa piloto para generar desarrollo en un país que transita hacia el posconflicto. 
 
Durante décadas los campesinos de Cáceres vivieron incomunicados con el casco urbano y con sus veredas. Sin amago de sorpresa, sus habitantes cuentan que el abandono de los caminos y carreteras rurales era apenas un lunar más. Otro infortunio que se sumaba al descuido histórico en el que ha estado sumido este pueblo del Bajo Cauca antioqueño. 
 
La situación era tan difícil, sostiene el líder comunitario Abisuá Molano Rodríguez, que a los enfermos había que sacarlos al pueblo en hamacas o a lomo de mula. Que incluso muchos de ellos no aguantaban y se morían en el camino.
 
-Es que no se les podía llamar ni vías terciarias- reclama Abisuá-. Eran caminos de herradura en los que había que nadar sobre el pantano. 
 
El asunto se había vuelto insostenible. Tanto que los campesinos no encontraron más alternativa que cambiar los sembrados de arroz, plátano y cacao, labor a la que tradicionalmente se habían dedicado, para centrarse de lleno en los cultivos ilícitos. 
 
-La verdad, era más fácil sacar tres kilos de base de coca que un bulto de arroz-, reconoce sin temor un agricultor de la vereda Anará, ubicada a unos 40 minutos en carro del casco urbano. Pero con esa planta maldita también llegó la guerra y los muertos y los desplazados. Con ese arbusto de muerte parecía perpetuarse ese círculo vicioso que tantas víctimas le ha sumado al conflicto armado colombiano. 
 
Luego de haber superado las épocas de violencia y narcotráfico, las mismas comunidades entendieron que son ellas mismas las gestoras de su futuro, que hay que pasar la hoja y buscar lo lícito para sacar adelante a sus familias.
 
Una situación similar se vivía en los municipios de Briceño, norte de Antioquia, y en Valencia, sur de Córdoba. Tres pueblos que hacen parte del Nudo de Paramillo, una región rica en recursos naturales y agricultura, pero lastimada históricamente por la guerra. 
 
Ante esta realidad, las comunidades de estos municipios empezaron a unir voluntades y a pensar en soluciones viables para enfrentar el problema. Hasta que se asomó una luz en el camino, una oportunidad a la que sus habitantes decidieron apostarle. 
 
Empresas comunitarias de vías
 
Gracias al apoyo de la cooperación internacional, con el Programa Colombia Responde de USAID, y al interés de los gobiernos locales, líderes y organizaciones productivas de estos municipios lograron constituir, desde finales de 2016, las empresas viales de base comunitaria, que funcionan bajo la novedosa figura de administración pública cooperativa (APC). Esto quiere decir que para su conformación es necesaria la voluntad política de los gobiernos locales, a través de los concejos municipales. Deben, además, estar conformadas por organizaciones sin ánimo de lucro, donde hay productores, juntas de acción comunal, cooperativas, asociaciones de padres de familia, de mujeres, comerciantes, transportadores, organizaciones ambientales, entre otras. 
 
“Son estas organizaciones las que le dan la base social o comunitaria a este modelo, lo que se traduce a un fin no mercantilista sino social”, explica William Carrasco, especialista en desarrollo y políticas públicas.
 
Estas oportunidades, más las soluciones que pedían a gritos sus habitantes, se alinearon para darle vida a la empresa Caminos, Puentes y Cauces, en Cáceres, a Coovialco, en Briceño, y a Coovicom, en Valencia, que ahora se muestran como un modelo que podría dar solución al atraso vial que existe en las regiones más apartadas del país.
 
Cada una de estas empresas está conformada por un consejo de administración, que es el órgano encargado de trazar las políticas para la ejecución de los proyectos. Además, una junta de vigilancia, un comité de educación y un revisor fiscal. El consejo de administración elige al gerente, quien es el responsable de la ejecución de los proyectos, del personal administrativo y del técnico, que maneja la maquinaria y cuida de su mantenimiento. 
 
Pero sin duda, advierte Éver Patiño Hernández, uno de los fundadores de Coovialco, en Briceño, lo más interesante de esta estructura es la vinculación de las comunidades. “Ellos tienen participación directa en las decisiones que se toman, como en la priorización de lo que se va a hacer. Ellos pueden exponer sus necesidades e identificarlas para entrar a intervenir más rápida y efectivamente”.
 
En cuanto a la sostenibilidad de las organizaciones, si bien es claro que son sin ánimo de lucro, también es cierto que si quieren permanecer en el tiempo deben ser eficientes en las respuestas a las necesidades viales de sus municipios. Pero también, ser competitivas si quieren acceder a la contratación pública. 
 
La maquinaria para intervenir las vías es facilitada por el municipio a través de un comodato.
 
Un camino difícil
 
Sin embargo, para conformar estas empresas las cosas no fueron tan fáciles como puede pensarse desprevenidamente. “Yo tenía dudas, porque era un proceso largo y arduo. Lo veíamos complicado porque es complejo articular las organizaciones y poner a las comunidades de acuerdo”, confiesa Éver Patiño Hernández, de la empresa Coovialco. “Fue necesario hacer muchos ejercicios, generar confianza con las comunidades; decirles, esto no es una empresa del Estado, esto no es de una organización privada, es una empresa pública manejada directamente por las organizaciones sociales del campo”, explica Abisuá Molano, quien acompaña a la APC de Cáceres como asesor de vías y apoyo en temas sociales. Abisuá reconoce que en un principio él también desconfió del proyecto. 
 
Para despejar dudas, Éver y Abisuá aceptaron la invitación de USAID para viajar en una comisión hasta Bolivia. Allí conocieron la experiencia de una empresa similar en Villa Tunari, un poblado ubicado en la región de Cochabamba que desde el 2002 viene ejecutando proyectos viales bajo una figura similar.
 
“En este viaje aprendimos, por ejemplo, cómo estar pendientes de los recursos para que estos no se pierdan, porque son dineros que nos duelen como comunidad”, dice Abisuá. El líder asegura que esta experiencia lo transformó y le dejó la certeza de que estas empresas sí pueden ser sostenibles. 
 
- Eso me hizo reconocer que cuando los campesinos nos proponemos a hacer algo, todo es posible- sentencia.
 
Las comunidades fueron las encargadas de seleccionar el nombre de las empresas y su imagen. En la foto, la marca de Coovialco, la empresa vial de Briceño.
 
Modelo ejemplar
 
Los retos para estas empresas son grandes. Para Caminos, Puentes y Cauces, de Cáceres, la intención es intervenir a mediano plazo los 360 kilómetros de vías terciarias de su municipio. Coovicom, de Valencia, confía en reconstruir los 410 kilómetros de vías terciarias; y Coovialco, de Briceño, proyecta arreglar los 205 kilómetros de vías que existen en su escarpada geografía. Cada una de estas organizaciones se ha trazado el objetivo de llegar hasta la última vereda de sus municipios. 
 
Las vías son de todas las comunidades y si se mantienen en buen estado, habrá una mejor conectividad con las cabeceras urbanas y se reducirán los costos de transporte y comercialización, tiene muy claro Carlos Fernando Giraldo, gerente de Coovicom.“Llegó la hora del cambio. Llegó la hora de mostrarle al Gobierno Nacional que esta es la alternativa más adecuada para mejorar las vías, para cambiar la mentalidad de nuestros pueblos; para mitigar la corrupción, para demostrar que nuestras comunidades son capaces de velar por sus recursos”, complementa.
 
 
 
Poco a poco, con el paso el tiempo y con los avances en las obras, las comunidades han ido palpando realidades, constatando que estas empresas no solo estaban planeadas en el papel sino que están dispuestas a transformar esos territorios que antes estuvieron controlados por los actores ilegales. Poco a poco han ido confirmando que sí es posible que las instituciones públicas se puedan asociar con las organizaciones de base para derrotar el atraso y el abandono. Los líderes son conscientes que esta es una oportunidad que no pueden desaprovechar, porque pocas veces llegan. Al menos, así lo cree Abisuá: 
 
-Yo diría, con los 49 años que tengo, que esta es la única oportunidad que tenemos.