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Quien siembra coco siembra paz

 
El coco, un fruto pulposo y de amplias propiedades nutritivas, se ha convertido en la opción ideal para cientos de familias de Tumaco, donde es considerado como el cultivo de la paz. 
 
Una exquisita fruta tropical se ha convertido en la esperanza de paz para cientos de familias de Tumaco, ese municipio del Pacífico colombiano que ha sobrellevado, con paciencia, el conflicto armado y el olvido gubernamental. Ese fruto es el coco, un producto del que dependen, por lo menos, unas 3.000 familias pertenecientes a los consejos comunitarios que habitan las riberas de los ríos de esta población nariñense. 
 
Víctor Alberto García, 39 años, 1.70 de estatura, tez morena y mirada optimista, aprendió a cultivarlo desde que era un niño. Dice que prefiere sembrar coco y no coca, porque así lo hicieron sus abuelos, sus padres y muchos otros hombres de su generación. 
 
—Desde que nací he cultivado coco. Jamás me he dedicado a sembrar cosas ilícitas, con este cultivo he luchado y he podido levantar a mis hijos —cuenta.
 
Esta mañana de inicios de mayo, a Víctor se le ha visto contento en las oficinas de la Federación Nacional de Cocoteros —FEDECOCO—, ubicada en el segundo piso de un céntrico edificio de Tumaco. Llegó desde la vereda Candelo, en el río El Rosario —donde vive—para continuar con el trámite de un crédito con el que rehabilitará una hectárea de coco. Gracias a FEDECOCO, constituida formalmente en junio de 2015, los productores han tenido la oportunidad de hacer préstamos con el Banco Agrario para impulsar sus cultivos, y eso a Víctor le da mucha tranquilidad. 
 
Años atrás era imposible que un productor de coco como Víctor pudiera, siquiera, acceder a un préstamo. La razón era simple: ningún banco quería arriesgar su dinero en un cultivo que por esa época parecía no tener mucho futuro debido, principalmente, a la enfermedad del anillo rojo, la cual es transmitida a las palmas por un insecto conocido como el Picudo Americano.
 
Precisamente, uno de los objetivos con los que se conformó la Federación Nacional de Productores, Comercializadores y Pequeños Industriales de Coco de Colombia —FEDECOCO—, fue encontrar alternativas efectivas para enfrentar problemas como este. Pero también, para concientizar a los productores sobre la necesidad de realizar un adecuado mantenimiento del cultivo, mejorar la comercialización y acompañarlos para que su voz sea escuchada y tengan una mayor representatividad ante los gobiernos regionales y nacional. 
 
Desde la ribera del río El Mexicano pueden orbservarse las inmensas plantaciones de coco.
 
José Arizmendi Arboleda, presidente de la Federación, explica que uno de los grandes logros de este gremio ha sido poder dialogar directamente con el Gobierno Nacional. 
 
—Eso ha sido vital para que el Gobierno pueda saber, de la voz directa de los cocoteros, cuáles son las necesidades que tenemos —afirma. Esto significa un gran avance, si se tiene en cuenta que aunque el coco ha sido un cultivo tradicional en la región, históricamente había estado en el olvido.
 
Gracias a ese trabajo y al impulso que han recibido de los gobiernos locales y del Programa Colombia Responde de USAID, quien les brindó apoyo en la constitución de la organización y en la posibilidad de llegar a otras regiones cocoteras para llevar la iniciativa —además, con ayuda para realizar campañas fitosanitarias, asistencia técnica gremial y en la formación de un grupo de extensionistas rurales que están replicando su conocimiento con otros productores—, la Federación se ha fortalecido y ha logrado firmar, en los últimos dos años, varios convenios para asistencia técnica, erradicación y rehabilitación de palmas enfermas. 
 
Por ejemplo en 2015, con un acuerdo hecho con el Ministerio de Agricultura y el ICA, lograron erradicar 311 mil palmas en el departamento y rehabilitaron 486 hectáreas. Y en abril de este año firmaron un nuevo convenio para rehabilitar 800 hectáreas más. A esas actividades se suman convenios como el realizado con el Banco Agrario, para que los productores accedan a créditos más fácilmente. 
 
Más de 3.000 familias viven del coco en Tumaco. Este municipio nariñense es el primer productor de coco de Colombia.
 
Primer productor de coco
 
No es coincidencia que una organización como FEDECOCO haya surgido en este municipio, pues Tumaco es el primer productor de coco de todo el país. Las 1.200 toneladas que produce mensualmente equivalen casi al 50% de la cantidad de coco que se comercializa en las principales ciudades de Colombia. En la Federación estiman en cerca de 7.000 el número de hectáreas de coco existentes en Tumaco. Y aunque no existe un censo consolidado, aproximan en 3.000 las familias que dependen del cultivo en el municipio.  
 
Sin embargo, Víctor Manuel Mejía, ingeniero agrónomo y representante legal de FEDECOCO, advierte que la producción solo abastece el 70% del mercado nacional, por lo que Colombia ha tenido que importar coco de países como Filipinas, Indonesia, Panamá y Venezuela. 
 
—Pero el coco importado no compite en calidad con el de nosotros  —añade Víctor.
 
Esto significa que, tanto Tumaco como el resto del país, tienen la posibilidad de aumentar la cantidad de hectáreas para poder cubrir la demanda de consumo de este fruto. Para el ingeniero Mejía, las cuentas son claras: Tumaco tiene la posibilidad de aumentar los cultivos en 20.000 hectáreas, lo que significa un crecimiento de casi un 300%, teniendo en cuenta que la cantidad actual no supera las 7.000. 
 
—Nos quedarían faltando 13.000 para llegar a ese tope, pero el país requiere otras 10.000 plantas más para poder abastecer el mercado —complementa el ingeniero Mejía. 
 
 
Cultivo entre manglares
 
El Mexicano es uno de esos enmarañados ríos que enriquecen la geografía de esta localidad, conocida en las guías de viaje como “La Perla del Pacífico”. Tras recorrer en lancha unos 10 ó 15 kilómetros, empiezan a verse en sus riberas, las inmensas plantaciones de coco. Largas extensiones de palmeras, con frutos color naranja, se mezclan entre el paisaje tropical. Que las plantas estén a un lado del río y se enriquezcan de las sales marinas y otros nutrientes que se mezclan en sus aguas, le da al coco una característica particular, explica Otto Marco Saya, coordinador técnico de FEDECOCO. 
 
—El productor no tiene que gastarse ni un peso comprando fertilizantes, porque los sedimentos que se depositan cada seis horas fertilizan el coco —añade. 
 
Otro elemento que ha mejorado considerablemente la calidad del fruto, señala Otto, es el estado de madurez en el que se cosecha en la actualidad, práctica que con el tiempo han ido implementando los productores. Pero sin duda, enfatiza, el ecosistema marino es tal vez el principal factor para que el coco de Tumaco sea de una calidad única en el país. 
 
En las riberas de El Mexicano hay sembradas, por lo menos, unas 800 hectáreas de coco, dice Federman Burbano, quien ejerce como secretario de la Federación. Fue en esta zona, en el Consejo Comunitario Río Tablón Dulce, donde unos 700 socios crearon oficialmente la Federación. Ahora FEDECOCO suma 3.24o miembros asociados, repartidos en cinco departamentos: Nariño, Cauca, Valle del Cauca, Córdoba y Antioquia, y su interés es seguir expandiéndose para alcanzar mayor representación en todas las regiones cocoteras de Colombia. 
 
Un fruto para el posconflicto
 
En Tumaco saben de la importancia de este producto para la economía del puerto. Y entienden que con más hectáreas de coco sembradas en sus campos, y con mayores oportunidades para los productores, se irá rompiendo ese círculo vicioso de la violencia generada por los cultivos ilícitos. “Por eso es que uno de los slogans que tenemos como Federación es que quien siembra coco, siembra paz”, anota su presidente José Arizmendi. Y continúa: 
 
—Desde ese punto de vista, quien consume coco siembra paz, porque está ayudando a que mucha gente cambie de lo ilícito a lo lícito con alternativas reales. 
 
Pero el compromiso de la Federación va más allá. Durante una de las visitas que realizó el presidente Juan Manuel Santos a Tumaco, los cocoteros le propusieron estar prestos a acoger a los desmovilizados que se integren a la vida civil luego de la firma del proceso de paz entre el Gobierno de Colombia y las Farc. Están dispuestos, le dijeron, a recibir a todos aquellos que quieran sembrar o comercializar coco. “Queremos abrirles las puertas para facilitarles las cosas”, dice José Arizmendi. “Nosotros los albergamos en la organización para que de una vez por todas, como lo plantean los acuerdos de La Habana, en el país haya una paz estable y duradera”.
 
Así también lo cree Víctor Alberto García, el productor que se siente orgulloso de que en su vereda no haya sino plantaciones de coco. Sabe que miles de tumaqueños tienen puestas sus esperanzas en este cultivo para que la paz regrese, para siempre, al puerto. Por eso antes de marcharse, río adentro —de regreso a su casa—, explica la importancia del coco para él y sus paisanos con una sencilla pero contundente ecuación: 
 
—Naturalmente, si uno siembra paz cosecha paz. Si siembra violencia, violencia es la que se cosecha. Si yo siembro coco y el coco me trae paz, es paz lo que voy a cosechar.
 
Este puerto nariñense que mira hacia el mar Pacífico guarda grandes esperanzas en el coco para alcanzar la paz.